
Un total de 423.845 personas en Honduras, equivalente al 4,5 % de la población total, se han visto obligadas a desplazarse internamente en algún momento de sus vidas. Según la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur), este éxodo responde a una combinación crítica de violencia criminal y desastres naturales, lo que exige una respuesta transversal que involucre a todos los niveles del Estado y la cooperación internacional.
Las estadísticas oficiales revelan un impacto diferenciado en la sociedad hondureña: las mujeres representan el 55 % de los casos de desplazamiento, mientras que el 38 % corresponde a jóvenes de entre 15 y 34 años. Acnur enfatiza que detrás de estos números existen crisis familiares profundas, donde niños y niñas se ven forzados a abandonar el sistema escolar mientras sus padres buscan refugio ante amenazas inminentes.
El fenómeno de la doble vulnerabilidad
La representante de Acnur en Honduras, Kathryn Lo, alertó sobre la situación crítica de aproximadamente 163.000 personas que enfrentan un doble riesgo. Estas familias suelen huir de contextos de inseguridad para asentarse en zonas propensas a inundaciones o, por el contrario, son víctimas de emergencias climáticas que las obligan a trasladarse a barrios controlados por grupos criminales, quedando atrapadas en un ciclo de desprotección.
Desafíos en la implementación del marco legal
A pesar de que Honduras cuenta con una ley de protección al desplazado interno desde 2022, el Estado aún enfrenta el reto de su ejecución efectiva. La ONU señala como prioridades urgentes la aprobación del reglamento de dicha ley, la creación de una política nacional de prevención y la activación de un fondo de asistencia humanitaria que garantice soluciones habitacionales y económicas duraderas para las víctimas.
Demandas de atención integral y seguridad
La agenda de protección actual pone el foco en servicios específicos para mujeres sobrevivientes de violencia de género y en la creación de entornos educativos seguros. Acnur urge a las autoridades a garantizar que las escuelas no sean centros de reclutamiento forzado y que los servicios de asistencia lleguen a las zonas rurales, donde el acceso a la justicia y la seguridad suele ser más limitado.
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