A plena luz del día en el sector Las Amazonas, Puerto Ordaz, dos sombras se movían sigilosas hacia una iglesia local. No eran fieles orando, sino ladrones desmantelando el sistema eléctrico del templo, ajenos a que los ojos del barrio ya los tenían en la mira. Lo que siguió fue una escena de furia contenida: captura flagrante, golpes, balazos y un paseo de la vergüenza que culminó en expulsión.
Los «azotes», como los llaman los lugareños, jóvenes de 19 a 25 años, llevaban semanas azotando el barrio. Ingresaban de madrugada a casas y negocios, cargando con bombillas, bombonas de gas, cables y cuanto hallaban. Huían como fantasmas, dejando hogares a oscuras y familias despojadas. «Estábamos cansados, identificados los teníamos», confía un vecino que prefirió el anonimato por temor a represalias.
Son procedentes de una invasión en el sector II de Gran Sabana, conocida popularmente como Core 8, su racha de impunidad se quebró desde que son capturados flagrantes.
Los ladrones, con herramientas en mano, se adueñaban del cableado cuando fueron sorprendidos. No hubo piedad: golpes sobre ellos, seguidos de disparos en ambas manos que los dejaron incapacitados para huir. «Los expusimos como se merecían», relata otro testigo.
Con heridas sangrantes y el cuerpo magullado, los obligaron a desfilar por las calles principales. Un cartel colgaba de sus cuellos: «No debo robar en la comunidad». La humillación pública fue el clímax antes de la expulsión: «No regresen o será peor», les gritaron mientras los empujaban fuera del barrio, al que los cuerpos policiales no visitan.
Las autoridades no han intervenido aún, pero el mensaje es claro: en Las Amazonas, la paciencia se agotó y la justicia vecinal tomó las riendas ante el vacío policial.
Según las víctimas, el patrullaje policial en la comunidad es “nulo”, ellos no ven una patrulla por la zona, solo cuando ingresan por algún motivo o interés que no tiene nada que ver con la seguridad, explicó un vecino.
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