Lucinda Urrusti llegó a Veracruz (México) en 1939 a bordo del Sinaia, uno de los tres buques conocidos como "Los barcos de la Libertad"
Rosana Ubanell

México.- Llegó a Veracruz (México) en 1939 a bordo del Sinaia, uno de los tres buques conocidos como «Los barcos de la Libertad» junto al Ipanema y el Mexique, que entre mayo y julio de ese año salvaron la vida de miles de republicanos españoles.

Lucinda Urrusti era entonces una niña de 10 años nacida en la ciudad española de Melilla, norte de África, y desde entonces ha formado parte de la comunidad de exiliados españoles en México, muchos de ellos profesionales, que enriquecieron enormemente el país que los recibió con los brazos abiertos.

Hoy Lucinda es reconocida como una de las grandes pintoras de México con una obra calificada de impresionista y abstracta.

Su padre, militar, no pudo ejercer su profesión en México porque por ley hay que ser mexicano de nacimiento para ingresar en el Ejército.

«Empezamos el exilio fatal aunque a mi madre le regalaron una máquina de coser y con eso pudimos comer», recuerda.

Con los clientes que encargaban trabajos de costura a su madre llegaron los que descubrieron el «talento de la niña que sabía pintar» y comenzaron a encargarle retratos. A los 14 años ya recibía sus primeros encargos pagados.

«Mi padre tuvo que trabajar de obrero en una fábrica de pinturas y se intoxicó. No fue una vida fácil», recuerda esta pintora referente del arte del siglo XX en México.

Poco a poco se fue normalizando la vida familiar. Nunca regresaron a España. «No había ni un peso para turistear». Cuando lo hizo, ya casada, «regresé corriendo a México».

Se encontró con parientes resentidos que le echaron en cara la suerte que habían tenido: «Nos decían que allá se morían de hambre. Como si el exilio fuese un regalo».

«Un pariente de mi padre era teniente de la Guardia Civil, así que las conversaciones se convertían en desagradables discusiones», recuerda.

Eso sí, tuvo tiempo de visitar lo que había soñado y recorrió emocionada el Museo del Prado.

Sus primeras obras vendidas sirvieron para costear los libros de anatomía de su hermano que estudiaba Medicina. «Fue fantástico que sin pedirlo y sin salir de casa pudiera ganarme la vida y ayudar a la familia», rememora.

«La vida te trae y te quita», afirma al recordar a su hijo pequeño, fallecido de cáncer pulmonar. Sus nietas son ahora su mayor orgullo y la arena de la playa un recuerdo doloroso.

«Estábamos en la playa, en Francia, sin saber qué nos deparaba el futuro más allá de la arena. Nadie nos quería, solo México nos acogió», asegura saltando de un recuerdo a otro, del pasado al presente a sus 90 años.

Mientras su padre permanecía en el campo de concentración de Sete, a las mujeres y niños los mandaron lejos, al norte, a Calais, a una casa vieja con pilas de paja por colchón.

«Mi madre que era muy mañosa trenzaba la paja para hacernos unos colchones algo más cómodos. A diario venían los gendarmes y con las bayonetas los deshacían. Mi madre los volvía a trenzar cada día».

El hambre es una constante en los recuerdos de los exiliados. «Comíamos un poco mejor en Calais y el domingo nos daban una magdalena a los niños que yo le guardaba a mi madre».

Una vez a la semana los paseaban por el pueblo para llevarlos a los baños públicos para ducharse. «Qué vergüenza! todo el pueblo nos miraba mal».

Sus recuerdos de Francia y los franceses son para olvidar: «Cuando cruzamos a pie la frontera entre España y Francia nos quitaron todo, lo poco que llevaba mi madre, aunque de milagro pudo conservar un relojito Longines de oro escondido en un zapato. No nos quitaron los ojos y la nariz porque no pudieron».

Un año después, tras el paso por la playa y la casa de Calais, su padre se comunicó desde Sete para decirles que debían estar en Sete tal día a tal hora para salir hacia México. Había conseguido pasajes. O estaban allá o perdían el barco.

«Fuimos en tren a París y pasamos la noche en la estación. Sin planes de cómo llegar a Sete porque no teníamos ni un franco. Como de vez en cuando aparece un alma buena, un señor se nos acercó. Mi madre le contó lo que pasaba. Él era del Partido Socialista francés. Esa noche en la reunión de su grupo recaudó dinero y pudimos pagar el pasaje. Si no fuese por esos francos, ahora no estaría aquí».

El recibimiento en Veracruz fue como llegar al cielo tras la estancia en Francia: «Lleno de banderas, música, gente que nos invitaba a cenar en su casa, charolas llenas de frutas que yo no conocía como el mango, el mamey, el aguacate».

Y el destino no buscado se cruzó de nuevo en el camino de Lucinda a los 18 años: el soltero de oro de la Ciudad de México puso sus ojos en aquella belleza española a la que las crónicas de sociedad de la época describían como «la españolita que para el tráfico y ha cautivado a Archibaldo Burns».

Hubiera sido pecado mortal rechazar su oferta de matrimonio y Lucinda se casó a los 19 años. La unión duró 6 años y Lucinda nunca se volvió a casar: «Ni loca. Me casé porque tenía 19 años y era joven e idiota. Si me hubiese pillado más adulta…»

La mamá de Archibaldo «me dio el visto bueno porque él era mayor y siendo yo jovencita podría darle los nietos que deseaba desesperadamente», comenta.

Tras seis años de matrimonio y dos hijos varones, Archibaldo Burns, un «Dandy sin paralelo», según las crónicas de la época, se escapó a París con Elena Garro, controvertida escritora y esposa de Octavio Paz, Premio Nobel de Literatura.

Años después, Octavio Paz, ya casado «con una francesita adorable» le comentó: «Lucinda, los dos salimos ganando».

Con dos hijos y ninguna ayuda del playboy fugado, Lucinda salió adelante hasta convertirse en una de las pintoras más cotizadas de México.

Mientras, Archibaldo, relata Lucinda, se arruinó comprando de todo a Elena Garro. Posteriormente Archibaldo regresaría solo a México, donde murió. El destino tiene sus maneras de enmendar los caminos de la vida.

Consagrada como pintora, Urrusti forma parte de los artistas de la Generación de la Ruptura que se alejaron de la Escuela Mexicana de Pintura (muralismo mexicano) a mediados del siglo XX.

Lucinda afirma que admira el muralismo mexicano, pero que su sentimiento artístico la lleva más allá de una mera declaración política.

Sus obras utilizan objetos, colores, texturas en una expresión anárquica de formas aprovechando el espacio, los colores y la luz que dejan entrever formas geométricas pero también naturaleza muerta, animales, objetos comunes y figuras humanas.

También ha experimentado con otros tipos de estilos como los paisajes, aunque el retraso es la raíz de su arte.

Ha retratado a figuras de la talla de Carlos Fuentes, Octavio Paz, Alfonso García Robles y Gabriel García Márquez. EFE