A más de diez kilómetros de la civilización que marca la avenida Manuel Piar, el tiempo parece haberse detenido, o peor aún, haber retrocedido con saña. En el sector El Rosario, de la parroquia Yocoima, la brisa ya no trae música ni risas de niños; lo que arrastra es el olor a moho y el crujir de un techo de machimbrado que se polvoriza ante la mirada indiferente del sol.
Allí se levanta, o mejor dicho, se desploma, la Casa de la Cultura. Hace apenas 15 años, entrar a este recinto era un desafío; las listas de inscripción para teatro, danzas y títeres desbordaban la capacidad de un espacio que nació para ser el protector de las tradiciones rurales. Hoy, esa misma estructura es una crónica de guerra sin disparos, un «mausoleo del olvido» donde solo cuatro paredes sostienen el peso de una historia que se niega a morir del todo.
El refugio que se volvió esqueleto
La escena es desoladora. Los portones oxidados, uno de ellos vencido por su propio peso y el otro resistiendo en un último aliento de hierro, dejan el paso libre a la desidia. Adentro, el silencio es sepulcral, apenas interrumpido por el eco de los propios pasos del reportero sobre el suelo cubierto de escombros.
Las «manos criminales» no tuvieron piedad con lo que la comunidad consideraba sagrado. No dejaron rastro de cableado, tuberías ni piezas sanitarias. Lo que antes fueron oficinas donde se planificaban festivales de zanqueros, aquellos gigantes de madera que hacían bailar al pueblo, hoy son cuartos vacíos donde el agua de lluvia se estanca, acelerando la pudrición de las paredes.
«Esa tradición murió junto a la Casa de la Cultura», suelta un lugareño con la voz cargada de una resignación que duele más que el propio abandono.
Una fe mutilada sobre el abismo
Justo enfrente, la tragedia adquiere un matiz espiritual. El monumento a la Virgen del Rosario, símbolo de la fe de esta comunidad campesina, parece ser el espejo del edificio. La imagen está incompleta: el niño que alguna vez sostuvo en brazos desapareció, dejando a una madre de piedra con la mirada perdida en el monte que avanza para devorarla.
Pero el mayor peligro no viene del cielo, sino del suelo. Un inmenso socavón, como una boca hambrienta que nace desde las entrañas de la tierra, ha ido escalando desde la base del monumento. El hundimiento advierte que, de no haber una intervención urgente, la imagen patronal terminará sepultada en el mismo foso de olvido donde ya cayó la cultura del sector.
El último llamado
Cuatro bancos de concreto, rodeados de maleza, son los únicos testigos de lo que fue un centro de recreación y educación. La Casa de la Cultura de El Rosario ya no forma a los «protectores de la tradición»; ahora es una advertencia de cómo el descuido estatal puede borrar la identidad de un pueblo.
Entre el eco de las paredes que se descascaran y la virgen que se tambalea sobre el abismo, El Rosario espera. No espera milagros, sino los correctivos que devuelvan el techo a sus artistas y la estabilidad a su fe, antes de que el socavón termine de tragarse lo poco que queda de su historia.
¡Síguenos en nuestras redes sociales y descargar la app!













