El presidente ruso, Vladímir Putin. EFE/EPA/SERGEY BOBYLEV / SPUTNIK/KREMLIN POOL MANDATORY CREDIT

El líder ruso, Vladímir Putin, preside un país que vive desde hace semanas en un permanente estado de emergencia, sea por la muerte de cientos de civiles en los ataques ucranianos contra la retaguardia, la escandalosa exclusión del único partido político que se opone a la guerra o la sangría económica causada por los drones enemigos.

Con todo, Putin y su gobierno se niegan a aceptar la realidad y a declarar tanto un alto el fuego en el frente como una tregua aérea, con el débil argumento de que sus bombardeos son mucho más efectivos que los del país vecino. No habrá un cese de las hostilidades hasta lograr un arreglo «duradero y fiable», argumentó Serguéi Lavrov, ministro de Exteriores ruso.

Los rusos descubren la guerra

Por primera vez desde el comienzo de la guerra en febrero de 2022, los rusos están sufriendo en sus propias carnes el impacto de la guerra, ya que los negocios e infraestructuras atacadas repercuten directamente en sus vidas.

Según fuentes oficiales, 201 civiles murieron sólo en el mes de julio, tanto en territorio ruso como en las regiones ucranianas ocupadas por el ejército ruso.

Esa cifra no ha dejando de aumentar en las primeras dos semanas de agosto, en las que Kiev ha seguido golpeando factorías, refinerías y almacenes de la compañía de comercio electrónico Wildberries.

Mientras, el grupo independiente ruso Conflict Intelligence Team (CIT) cifró en 634 el número de civiles muertos en ambos bandos el mes pasado, dos tercios de los cuales correspondieron a ciudadanos ucranianos.

En cuanto a los siete primeros meses de este año, la CIT asegura que en Ucrania han muerto un 25 % más civiles, mientras en la retaguardia rusa, sin contar las regiones anexionadas, se ha más que duplicado el saldo mortal.

La ONU, que suele ser muy conservadora en sus estimaciones, informó esta semana sobre 437 civiles muertos en ambos bandos en julio, a lo que hay que sumar otros 2.610 heridos.

Esas cifras no se veían desde los primeros meses de la campaña militar, concretamente, desde mayo de 2022, justo cuando comenzaba a estancarse la ofensiva terrestre rusa.

Debido a los ataques masivos con drones -casi 600 durante la pasada noche-, el propio Putin tuvo que viajar desde finales de julio a Siberia y el Lejano Oriente ruso para hacer campaña electoral.

Un peligroso movimiento pacifista

La mayor muestra de debilidad del Estado ruso, según todos los analistas, fue la exclusión esta semana del único partido opositor legal en este país, Yábloko, de las elecciones legislativas de septiembre. Una formación que logró menos del 2 % de los votos hace cinco años.

Menos de dos semanas después del registro de sus listas, el Tribunal Supremo impidió a la formación liberal la posibilidad de acceder a la Duma o cámara de diputados. El motivo es que el principal punto de su programa es el cese de los combates y la firma de un acuerdo de alto el fuego con Ucrania.

La decisión se produjo después de que los sondeos oficiales e independientes señalaran que a mes y medio de los comicios, Yábloko tenía grandes opciones de superar la barrera del 5 %, el mínimo para entrar en el arco parlamentario.

Además, si tenemos en cuenta que, según las encuestas del Centro Levada, dos tercios de los rusos están cansados de la guerra y desean su pronto final, Yábloko podría haberse convertido en la segunda fuerza política del país.

Eso hubiera sido un problema para el partido del Kremlin, Rusia Unida, cuyo lema es ‘Todo por la victoria’ y cuya campaña es encabezada por primera vez desde 2007 por el propio Putin.

Representantes de Yábloko, que recurrió el viernes el fallo, informaron a EFE que las autoridades quieren evitar a toda costa la aparición de un movimiento pacifista, cuando el ejército ruso ni siquiera ha logrado el objetivo mínimo: tomar el Donbás.

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