Leidy Ramírez / [email protected]

 

I

El juego empezó. “Si te conectas cuando estoy conectada y saludas, me quieres”, decía ella. Afinaba su estrategia día con día, sin saber que no era un juego. Él le había dicho que era soltero. Ella no lo creía, pero lo veía como un posible candidato para satisfacer algunas  fantasías a través de conversaciones subidas de tono. Le decía que en verdad se sentía atraída por él, y que por ninguna razón iba a mostrarle jamás ninguna parte de su cuerpo por cámara, si es que acaso él hubiera llegado a sugerirlo.

Las condiciones  fueron establecidas.  Él comprendió muy bien y decidieron seguir adelante en su afán por conocer al otro en la distancia. Comenzaron a hablar de fútbol. Ella dijo que de la Liga Inglesa solo le atraía el Liverpool porque pensaba que era una ciudad extraordinaria, donde además surgieron Los Beatles.  Él le dijo que su padre era de ahí y que la ciudad tenía dos equipos. Él apoyaba al Everton. Ella no dudó en manifestar que desde ese momento, aquel también se convertiría en su equipo favorito. Él le dijo que seguro a ella le encantaría ver los juegos junto a él en el estadio, o juntos en el sofá. Ella le dio toda la razón. 

Las conversaciones seguían y cada vez se volvían más cotidianas.  De los fines de semana que él pasaba donde sus padres, adonde le aseguró que un día la llevaría. De las resacas que le producían las reuniones con sus amigos. De los resultados  del juego local. De la situación en Venezuela, de las comidas venezolanas, del sabor del arroz con leche y de otros postres que ella pensó que él disfrutaría.

La casualidad y el gusto los llevaron a conectar de forma inmediata. No solo por la gran atracción física que existía entre ambos sino por las ideas y formas de expresión idénticas que tenían, aunque hubieran nacido y crecido en distintos continentes.

Ella lanzaba alguna indirecta o broma subliminal en su discurso y él las agarraba todas rápidamente a pesar de la diferencia de idioma y la falla en la conjugación de algunos tiempos o verbos con que ella le dejaba descubrir sus ideas más intensas y poco a poco, sus pasiones.

Estaban en contra también la diferencia extrema de huso horario, las horas en que se caía la Internet, o se iba la luz. Pero conforme pasaban los días, aprovechaban el mínimo momento para entablar algún tema que les permitiera saber que estaban bien y por supuesto, realizar alguna vídeo llamada para mirar un rato al intérprete de una hermosa fantasía en la vida rutinaria que ambos llevaban con sus respectivas parejas, de las que obviamente ninguno de los dos hablaba.

Él estaba a punto de comprometerse. Ella, que nunca había creído en el matrimonio vivía con un hombre práctico, inteligente para los negocios, pero gravemente descuidado en los detalles que alimentan una relación.

El flechazo virtual sucedió a finales de un mes de mayo. Se propuso conocerlo en las redes, porque con la crisis  era muy escasa su vida social. Si era un hombre de otro país, mejor. Estaba segura que si encontraba al indicado, estaría dispuesta a dejar la vida que tenía atrás y partir a donde fuera necesario.

(To be continued)