Tokio, Japón. Los Juegos Paralímpicos de Tokio bajaron el telón con una emotiva y animada ceremonia en la que a través de la construcción de una ciudad sin barreras se mandó un mensaje global de inclusión y diversidad que recogió París, sede de la próxima cita en 2024.

La ceremonia comenzó con una historia sobre un niño que fue testigo de los Juegos y cayó bajo el hechizo del llamado ‘efecto paralímpico’. Inspirado por las innumerables historias de superación que presenció a lo largo de los doce días de competición, el niño comienza a tocar música, guiado por su intuición.

Una secuencia de sonidos y bailes con música electrónica dio protagonismo a Inma, una modelo virtual, justo antes de que en el centro del estadio irrumpiese la bandera de Japón ante la atenta mirada desde el palco del Príncipe Akishino, el hermano menor del emperador. Fue entonces cuando un coro de niños cantó el himno del país, en uno de los momentos más emotivos de la gala.

El desfile de los países según el alfabeto japonés con sus respectivos abanderados se produjo con un centenar de voluntarios bailando y aplaudiendo a su paso. Estos fueron dejando la bandera en un punto fijo para dar forma a una ciudad inclusiva, dónde brillasen las diferencias y todos tuvieran cabida, y que se fue construyendo con figuras de edificios realizados con materiales reciclados.

360 Fuegos artificiales cambiaron el ritmo de la ceremonia para volver a hablar del movimiento paralímpico, del que se intentó destacar su mensaje de integración a través de un discurso artístico aprovechando la influencia del deporte.

El coreógrafo Takeatsu Nashimoto diseñó para la ocasión un baile en el que brillaron todo tipo de personas sin distinción de género, edad o discapacidad, mostrando con orgullo su amor por la propia creatividad y talento para la interpretación.

Durante la ceremonia también se presentó a los nuevos seis miembros del Consejos de Atletas del IPC: el nadador brasileño Daniel Dias, la atleta italiana Martina Caironi, la velocista cubana Omara Durand, el nadador japonés Takayuki Suzuki, el jugador de baloncesto holandés Jitske Visser y la arquera iraní Zahra Nemati.

La melodía del himno paralímpico fue encaminando la gala hacía su despedida. Se bajó del mástil la bandera del Comité Paralímpico Internacional para entregarla a la gobernadora de Tokio, Yuriko Koike, y al brasileño Andrew Parsons, presidente del IPC. Ambos se la cedieron a la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, que la ondeó con sus manos justo antes de que sonase ‘La Marsellesa’, el himno oficial de Francia.

Para celebrar el traspaso de sede, la ciudad francesa ofreció un segmento artístico de lo que pretende que sean los Juegos en 2024, una celebración abierta a todos sin discriminación para poner en valor la determinación de los deportistas con discapacidad.

Seiko Hashimoto, presidenta del Comité Organizador de Tokio 2020, destacó que hace ocho años prometieron «mandar al mundo un mensaje de hospitalidad pensando en un mundo mejor».

«Podemos tener convicción, determinación y si trabajamos mucho los cambios se harán visibles. El impacto de los Juegos Paralímpicos ofrece un mensaje potente para todos. Los cambios comienzan con los avances y hay que construir un mundo diverso, con cambios en la sociedad. Yo creo en el valor de la construcción de una sociedad mejor», confesó.

El brasileño Andrew Parsons, presidente del Comité Paralímpico Internacional, calificó los Juegos de Tokio «históricos y fantásticos y han servido para abrir la mente de la ciudadanía japonesa y ayudar al sueño de mucha gente».

La ceremonia concluyó con la canción ‘What a wonderful world’, de Louis Armstrong, interpretada por Atsushi Okuno y Yuina Koshio, con el pianista Gohei Nishikawa hilando la melodía junto a Rimi, la artista encargada de traducir la letra a lengua de signos. Un final emotivo, pensando en un mundo mejor, sin barreras, y que puso de manifiesto el imparable movimiento paralímpico que en 2024 recalará en París.

EFE noticias