"Califato" del Estado Islámico ha sido eliminado en Siria

 

EFE

El Cairo.- El final del «califato» del Estado Islámico (EI) pone fin al reinado de terror de un grupo que se sirvió de un manejo de la propaganda sin precedentes para hacer llegar sus métodos macabros a las pantallas de todo el mundo.

Las ejecuciones de rehenes convertidas en películas gore en alta definición fueron claves para acentuar la sensación de peligro global, pero la gran mayoría de las víctimas del EI se ha concentrado en sus dominios en Oriente Medio.

La propaganda siembra el pánico mundial

En el apogeo de su expansión territorial, el 19 de agosto de 2014, el EI exhibe toda su crueldad con un vídeo que muestra la decapitación del periodista estadounidense James Foley.

Sería el primero de una serie de asesinatos de rehenes extranjeros, protagonistas involuntarios de vídeos que han dado la vuelta al mundo y que son reconocibles tanto por recrearse en la violencia como por su impecable producción audiovisual, incomparable a la que habían hecho hasta la fecha otros grupos terroristas.

La calidad de la propaganda del EI, un factor decisivo para su amplia difusión, se explica porque el grupo secuestró a periodistas en Siria e Irak que se vieron forzados a poner su experiencia profesional a disposición de los yihadistas para evitar acabar arrodillados y vestidos de naranja ante el cuchillo de su verdugo.

Estos vídeos hicieron famosos a terroristas como el británico «John el yihadista» o el «hijo de la Tomasa» español, protagonistas de piezas de propaganda audiovisual pensadas para atemorizar a los ciudadanos de sus países de origen y también, para animar a los musulmanes radicales europeos a sumarse a la guerra santa.

De este modo, el «califato» se convirtió en un imán que atrajo a miles de radicales de todo el mundo árabe, pero también de países musulmanes del Cáucaso e incluso de la acomodada Europa occidental.

El rastro de sangre del «califato»

A pesar de la atención que han acaparado las ejecuciones mediáticas de extranjeros y los atentados en capitales europeas, la mayoría de las víctimas del EI se ha concentrado en Siria, Irak y, en menor medida, en otros países donde se ha arraigado el grupo terrorista, como Egipto, Afganistán o Filipinas.

Uno de los acontecimientos más mortíferos tuvo lugar el 3 de agosto de 2014, día en el que los radicales llevaron el apocalipsis a Sinyar, una remota localidad en el noroeste de Irak hogar de los yazidíes, pueblo al que los islamistas dedican el calificativo vejatorio de «seguidores de Satán».

Cerca de 5.000 hombres fueron asesinados, 7.000 mujeres y niños fueron secuestrados y ellas, convertidas en esclavas sexuales.

Entre esas mujeres se encontraba la premio Nobel de la Paz Nadia Murad.

Las ciudades conquistadas por los yihadistas quedaron rodeadas de fosas comunes, que fueron destino de policías, periodistas e incontables civiles ajusticiados por profesar religiones despreciadas por los radicales. Al menos 202 fosas han sido documentadas tan solo en Irak, según la ONU.

Las víctimas de los atentados en Oriente Medio se cuentan por centenares. Entre ellos, cerca de 300 personas fueron asesinadas en un atentado en el barrio chií de Karrara de Bagdad en el ramadán de 2016.

Asimismo, 300 sufíes murieron tiroteados en una mezquita en el Sinaí, en Egipto, en noviembre de 2017 y una serie de ataques armados y atentados suicidas causaron 252 víctimas mortales, entre ellos 139 civiles, en Al Sueida (Siria) en julio pasado.

La incógnita de los desaparecidos

Los secuestros se convirtieron en otra herramienta para conseguir financiación y atención mediática. Pero tras el final del «califato» el destino de varios de los rehenes sigue siendo un misterio.

El jesuita italiano Paolo Dall’Oglio, secuestrado en Siria en 2013, fue visto en Al Raqa en 2015 y hace unas pocas semanas surgieron nuevos rumores de que podría seguir con vida en Al Baguz, según medios libaneses próximos a la milicia chií Hizbulá.

El periodista británico John Cantlie, secuestrado en Siria en noviembre de 2012, también podría seguir con vida, según reveló a comienzos de febrero el secretario de Estado de Seguridad del Reino Unido, Ben Wallace.

Pero la mayor incógnita por resolver es el destino de cerca de 3.000 yazidíes que continúan en paradero desconocido después de que el territorio del «califato» se haya esfumado por completo.