He observado este fenómeno con amargura en la gestión pública y privada: el momento exacto en que un líder, por temor al «qué dirán» de sus allegados, abdica de su responsabilidad.
La pregunta es incómoda pero necesaria: ¿En qué momento dejaste de ser el jefe para convertirte simplemente en el amigo que facilita favores?
Mi tesis es ética y contundente: Un jefe que teme los juicios de sus amigos/compañeros no es un líder, es un rehén. Cuando el afecto personal se convierte en el criterio de gestión, el tráfico de influencias florece y la autoridad se desmorona.
El verdadero liderazgo exige el coraje de separar la mesa del café de la mesa de decisiones.
Anatomía del favor: El tráfico de influencias
El caso que nos ocupa es un ejemplo clásico de corrupción de la confianza. En una institución pública, un jefe permitió que sus amigos personales dentro de la organización influyeran en sus decisiones. Favores en asignaciones, permisos injustificados y una aplicación laxa de la norma se volvieron la moneda de cambio.
Este escenario crea un desperdicio (waste) de legitimidad catastrófico. Cuando las reglas no se aplican con equidad, los subordinados pierden el respeto por la jerarquía. La percepción de injusticia actúa como un ácido que disuelve la moral del equipo.
En ingeniería de procesos, si el estándar varía según quién lo ejecute, el sistema colapsa; en el liderazgo, si la norma varía según el «cariño», la institución se pudre desde adentro.
Autoridad vs. amistad: una falsa dicotomía
La Gerencia Estoica nos enseña que la Justicia (Dikaiosyne) es la virtud de dar a cada quien lo que le corresponde, sin dejarse arrastrar por las pasiones. Muchos jefes confunden ser «buenos amigos» con ser «buenos líderes», cuando en realidad están practicando una debilidad de carácter.
La verdadera Fortaleza (Andreia) no consiste en ser cruel con los amigos, sino en tener la Templanza para decir: «Te aprecio, pero mi deber es con la misión y con la equidad». El líder que no sabe poner límites por miedo al rechazo social está operando desde la inseguridad, no desde la autoridad. La amistad real debería fortalecer la integridad, no demandar su sacrificio.
Retorno de la legitimidad
El ROI de un liderazgo ético es la autoridad moral. Cuando un jefe es capaz de decir «no» a un amigo en beneficio de la organización, envía un mensaje de orden y respeto que se irradia a toda la estructura. La firmeza no es enemiga de la calidez humana, pero sí es enemiga de la complicidad.
La institución no se debilita por falta de recursos, sino por el tráfico de influencias que erosiona la meritocracia y el propósito común.
Audita hoy tus círculos de influencia: ¿Tus decisiones las dicta tu propósito o la presión de tus amigos?
Recupera tu soberanía y lidera con justicia.
Hoy. No mañana.
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