María Loreto, hija ha podido sobrevivir a la crisis y otras deficiencias en la comunidad El Rosario. Foto: Níger Martínez

En la parroquia Yocoima, allí donde San Félix empieza a oler a tierra mojada y campo, se encuentra El Rosario. Es una comunidad que parece detenida en el tiempo, con una fe que le da nombre y una historia que, según cuentan los viejos, sirvió de refugio para quienes huían de la Seguridad Nacional en tiempos de Pérez Jiménez, buscando perderse entre los platanales que lindan con el estado Delta Amacuro.

Pero si hay un lugar que define el alma de este sector de 900 familias, es la Bodega El Ponsigué.

Todo comenzó hace más de cinco décadas con una mujer de temple de nombre Carmen de Loreto. Ella no solo fundó la comunidad, sino que plantó su esperanza casi debajo de un árbol de ponsigué. Con el tiempo, el negocio creció tanto que el árbol quedó abrazado por el techo del local, hasta que se secó. «Vamos para la bodega del ponsigué», decía la gente, y así, lo que era un accidente de la naturaleza se convirtió en la marca de una leyenda.

Carmen no solo despachaba víveres; despachaba futuro. Con el humo de las empanadas de pabellón, asadura y carne mechada, famosas en San Félix, esta madre coraje levantó a once hijos. El esfuerzo no fue en vano; de ese mostrador salieron los recursos para graduar a ingenieros, educadores y abogados que hoy son el orgullo de la familia.

El relevo del compromiso

Tras la partida de doña Carmen, su hija María Loreto tomó las riendas. No ha sido un camino sencillo. La bonanza de otros años se topó de frente con la pandemia y la crisis económica, pero el legado de los Loreto es de «perseverancia y visión».

Hoy, El Ponsigué funciona como las antiguas pulperías, adaptándose a la realidad del bolsillo campesino. Allí se practica la solidaridad del «detallado»: se vende desde una bolsita de aliño en 50 bolívares hasta una «teta» de aceite o un solo bistec. María entiende que en El Rosario no todos pueden costear un kilo de carne, y su misión es que nadie se vaya con las manos vacías.

Un faro en la vía principal

Caminar desde la Plaza Nuestra Señora de El Rosario hasta la bodega es recorrer la columna vertebral de este pueblo. La estantería de María es un inventario de supervivencia: hay alimentos, pero también botellas de gasolina, aguardientes y kerosén para quienes lo necesitan en las zonas más alejadas.

A pesar de que el entorno ha cambiado, la esencia sigue intacta. La Bodega El Ponsigué no es solo un comercio; es el testimonio vivo de una familia que, bajo la sombra de un árbol y la protección de la Virgen, aprendió que la mejor forma de progresar es ayudando al vecino a poner la comida en la mesa.

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