De niño, en pleno período de posguerra en Japón, Hiroo Kanamori creció sin clases, sin libros y sin cuadernos. Ante la escasez absoluta, solía recoger restos de áreas destruidas para armar pequeños motores. Aquella carencia forjó en él un hábito decisivo: pensar por sí mismo antes de consultar los libros. Años más tarde, una visita infantil a las cumbres nevadas de Nagano, donde se preguntó cómo había surgido semejante grandiosidad natural, encendió una chispa de curiosidad que lo conduciría directamente a la geofísica y a transformar para siempre la manera en que la humanidad mide los sismos.
 
​Hoy, convertido en una leyenda viviente a sus 90 años y como profesor emérito del Instituto de Tecnología de California (Caltech) —donde ha enseñado por más de medio siglo—, Kanamori sigue viendo la ciencia como un acto de aprendizaje constante junto a la naturaleza.
 
​Durante décadas, la sismología mundial se regía por la clásica escala creada en 1935 por los estadounidenses Charles Richter y Beno Gutenberg, también científicos de Caltech. Diseñada a partir de los sismógrafos Wood-Anderson del sur de California, esta herramienta se concentraba en un solo factor: la amplitud máxima de las ondas sísmicas registradas por aparatos idénticos.
 
​El sistema funcionaba de manera impecable para sismos moderados de hasta magnitud 6,5 o 7. Sin embargo, presentaba un punto ciego monumental. Tal como explica el sismólogo Luis Rivera, profesor de la Universidad de Estrasburgo y colaborador cercano de Kanamori, los terremotos colosales operan con dinámicas distintas: «En los terremotos grandes son más importantes las ondas que tienen períodos largos o frecuencias bajas, y el aparato de Richter es sensible solo a frecuencias altas».
 
​Como resultado, eventos con niveles de destrucción radicalmente dispares terminaban recibiendo el mismo número en la escala tradicional. La prueba definitiva ocurrió en Valdivia, Chile, en 1960: un cataclismo de proporciones históricas cuya magnitud real no pudo dimensionarse correctamente hasta el surgimiento de los aportes de Kanamori, ubicándolo en un histórico 9,5, el mayor jamás registrado.
 
​Con el objetivo de resumir en una sola cifra comprensible y rápida un fenómeno tan complejo, Kanamori dio el paso definitivo en 1977 mediante un estudio pionero, ampliado dos años después junto al fallecido sismólogo Thomas Hanks.
​La nueva escala se basó en el concepto de momento sísmico —ideado en los años 60 por el japonés Keiiti Aki—, el cual abandonó la mera comparación de amplitudes instrumentales para reflejar lo que ocurre físicamente en el terreno. Como detalla Rivera, el cálculo multiplica tres variables clave:
 
​La superficie de la ruptura en la falla (por ejemplo, extensiones masivas de 200 km por 100 km).
 
​El desplazamiento o dislocación de un bloque rocoso respecto a otro
 

​La rigidez de la roca afectada

 
​El resultado de esa fórmula, procesada mediante algoritmos avanzados, permitió definir la magnitud de momento (M_w), una escala de carácter logarítmico donde cada incremento numérico representa un salto exponencial: un temblor de magnitud 7 no es solo un poco superior a uno de magnitud 6, sino que libera más de 30 veces más energía.
 
​Aunque sus primeros años de carrera estuvieron volcados en comprender los procesos naturales y teóricos de las ondas, la crudeza de los desastres y su impacto humano redirigieron el propósito de Kanamori hacia la mitigación de riesgos.
 
​En la década de 1980, colaboró mano a mano con el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) en el diseño de sistemas de alerta basados en los primeros segundos de registro sísmico. Uno de sus algoritmos avanzados constituye hoy el núcleo del sistema de alerta temprana de California.
 
​Estos desarrollos tecnológicos permiten que la información viaje a la velocidad de la luz antes de que las ondas destructivas alcancen los centros urbanos. «La gente que está un poco alejada va a recibir la información antes de que llegue el terremoto», apunta Rivera, señalando cómo esto evita el pánico masivo y permite acciones críticas, como detener trenes en marcha en Japón o suspender intervenciones quirúrgicas delicadas segundos antes del impacto.
 
​Asimismo, tras sismos recientes como el devastador terremoto registrado en Venezuela en junio de 2026, Kanamori insiste en que las naciones vulnerables deben priorizar protocolos claros: realizar estudios detallados posteriores al evento, evaluar fallas y aciertos estructurales, perfeccionar la planificación urbana e integrar de forma coordinada a los sectores público, privado y académico.
​La imprevisibilidad de la naturaleza y el respeto por los datos
 
​Ante la eterna aspiración humana de predecir los terremotos con exactitud, Kanamori mantiene una postura rigurosa. Explica que el proceso sísmico responde a una dinámica estrictamente estocástica (estadística), donde múltiples factores desencadenan y propagan una ruptura que puede detenerse en un punto o escalar hasta convertirse en un megaevento según las condiciones críticas del entorno. La analogía es clara: un choque menor en carretera puede quedarse en un incidente aislado o transformarse en una colisión en cadena en función de variables imprevistas.
 
​Para sus colegas, como Luis Rivera, la genialidad de Hiroo radica en un profundo rigor analítico: «Siempre que trabajamos en un problema, Hiroo viene con una idea original, sencilla y profundamente anclada en la física y las matemáticas, con un respeto absoluto por los datos del instrumento».
 
​Con la misma sencillez que lo caracteriza en los congresos internacionales —donde decenas de jóvenes investigadores se apresuran a saludarlo y fotografiarlo tras cada ponencia—, el profesor emérito resume su motor vital en una sola aspiración: «Mi ciencia consiste en aprender de la naturaleza… en cualquier caso, mi verdadero deseo es minimizar todo lo posible el sufrimiento causado por terremotos».

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