Una infección bacteriana desfiguró el rostro de Carme. El microbio se expandió por el tejido facial y le provocó una gravísima necrosis que le destrozó la cara. “No podía comer porque mi boca no se abría, me faltaba medio trozo de nariz y no respiraba bien; físicamente era bastante desagradable y no podía hacer vida normal para nada”, cuenta. Su vida se paró, todo se oscureció. Dejó, incluso, de salir de casa. Pero hace cuatro meses, apareció “un rayo de luz”, relata: fue el complejísimo e insólito trasplante de cara que le practicaron en el Hospital Vall d’Hebron de Barcelona para devolverle esa funcionalidad facial perdida. En el mundo, apenas se han realizado medio centenar de intervenciones de este tipo (seis en España), pero el de Carme, que pide figurar sin apellido, es especialmente inaudito: es el primer trasplante de cara que se hace en el globo a partir de una donante que recibió la eutanasia.
La donante, a quien se le había autorizado la PRAM (Prestación de ayuda para morir), no solo decidió donar sus órganos y tejidos, también ofreció la donación de la cara. «La paciente en cuestión era de edad media y desde el primer momento dijo que quería ser donante. Cuando se le planteó la posibilidad de donar también sus tejidos, tanto ella como su madre manifestaron que necesitaban más información. Finalmente, decidieron que en todo lo que pudieran ayudar, lo harían», comenta Elisabeth Navas, coordinadora médica de Donación y Trasplantes del Hospital Universitario Vall d’Hebron. «Los donantes y sus familias siempre realizan un acto inmenso de generosidad y altruismo, pero este caso, además, demuestra un grado de madurez que deja sin palabras. Alguien que ha decidido dejar de vivir dedica una de sus últimas voluntades a una persona desconocida y le da una segunda oportunidad de esta magnitud», añade Navas.
«Hubo muchos profesionales que me dijeron que no, que solo eran posibles los injertos, pero ese proceso es muy largo y nunca queda bien. Aún me estoy recuperando, pero sé que estaré bien. Mi vida empieza a ser mejor: ya como, ya bebo, ya puedo salir a la calle y hacer una vida normal», expone Carme.
Cómo fue la intervención
En concreto, la receptora necesitaba un trasplante de cara de tipo 1, la parte central del rostro. Donante y receptor del trasplante de cara deben compartir sexo y grupo sanguíneo, y presentar unas medidas antropométricas de la cabeza semejantes.
Gracias a que la donante había solicitado la eutanasia, se ha podido planificar mucho más la cirugía. En el estudio del donante, se realizó un TAC tanto en ella como en la receptora; la información digital fue validada por radiología y por ingenieras de la Unidad de Impresión 3D de Vall d’Hebron. «La Unidad de Tecnologías 3D elaboró un modelo tridimensional digital a partir de una imagen médica, un TAC. Este modelo ayuda a los profesionales a entender cómo deben llevar a cabo la cirugía; lo imprimimos para que los profesionales tengan las referencias cuando lo necesiten, antes y durante la cirugía», explica Laura Escot, ingeniera biomédica de la Unidad de Tecnologías 3D.
También se diseñó y fabricó una máscara de silicona semirrígida para aplicar en la zona facial de la donante y reconstruir la zona intervenida. Se prepararon las guías de corte óseo adaptadas a la donante y a la receptora para lograr un encaje milimétrico. Paralelamente, los cirujanos plásticos del hospital realizaron los estudios anatómicos necesarios y la planificación final de la cirugía.
Se trasplantó la piel, tejido adiposo, nervios periféricos, musculatura facial y hueso de la cara: la cirugía es de máxima complejidad, ya que las estructuras que deben anastomosarse y reconstruirse son pequeñas y con una disposición tridimensional compleja. De hecho, la operación puede durar entre 15 y 24 horas.
El objetivo es reconectar todas las estructuras en el receptor, creando un nuevo rostro que cobre vida de nuevo, sea funcional y pueda desarrollar con normalidad las funciones vitales. Del centenar de profesionales que participan a lo largo de todo el proceso, unos 25 son de enfermería. «En un trasplante de cara, la enfermería está presente en todas las fases del procedimiento, al igual que en los trasplantes de órgano sólido, incluso antes de la donación. En este caso, se sincronizaron dos equipos: el de enfermería de Donación y Trasplantes de Vall d’Hebron y el de Cirugía Plástica», explica Olga Gabaldà, supervisora de Enfermería del Programa de Donación y Trasplante de Órganos y Tejidos.
La rehabilitación
Después de la intervención, Carme estuvo un mes ingresada, primero en la uci de la Unidad de Quemados y posteriormente en la planta de Traumatología, Rehabilitación y Quemados del hospital.
Tan pronto como es posible, comienza la rehabilitación facial para integrar en los músculos implantados toda la movilidad de la cara y recuperar poco a poco funciones como masticar, gesticular o hablar.
«Inicialmente, la cara del paciente se encuentra en una fase hipotónica, sin movimiento porque las conexiones nerviosas aún no se han establecido. Trabajamos con la cara para estimular la inervación, utilizando herramientas como un espejo, diferentes texturas e imágenes del paciente para recordar esos movimientos y la percepción visual del rostro», explica Daniela Issa, del Servicio de Medicina Física y Rehabilitación. Se trata de un proceso diario, que el paciente continuará en su domicilio y se prolongará en el tiempo; su implicación es crucial para la recuperación funcional. Después de la intervención, también se ofrece apoyo psicológico al paciente en el postrasplante inmediato, para acompañarlo en la reelaboración emocional de la imagen corporal y los efectos de la intervención y de la medicación, y en la segunda fase, a partir de los seis meses, para asegurar su independencia hospitalaria y responsabilizarlo de la adherencia al tratamiento. «Soy buena alumna, pero es un proceso complicado», confiesa entre risas Carme.
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