

Para encontrar el sector «Pueblo de Dios» hay que estar dispuesto a perderse. Escondido e intrincado en la parroquia Unare, a un costado del sector II de Gran Sabana, este rincón de Puerto Ordaz parece no figurar en los mapas de las autoridades ni en el conocimiento de los transeúntes de la avenida Atlántico. Quien pretenda llegar debe cruzar primero las calles polvorientas de Sueños de Bolívar y esquivar los enormes charcos que las lluvias estacionales transforman en lagunas de barro. Allí, flanqueado por los barrios Kavaneyen, Nueva Venezuela y Villa Jade, resiste un caserío atrapado entre la urgencia y el miedo.
No se trata únicamente de la ausencia de asfalto. En Pueblo de Dios la precariedad es total: no hay agua por tuberías, ni red de cloacas, ni aceras que delimiten el paso, ni un tendido eléctrico formal. La corriente eléctrica viaja de forma precaria a través de alambres sostenidos por postes improvisados de madera, ramificándose hacia otros sectores aún más deprimidos. Por si fuera poco, el aire se ha vuelto denso y putrefacto; el olor proveniente de varias cochineras artesanales satura el ambiente, coronando una situación de extrema insalubridad donde niños, jóvenes y ancianos intentan respirar cada día.
El imperio del silencio
A las diez de la mañana el silencio en la comunidad es sepulcral, casi artificial. Las calles se muestran desiertas, dando la impresión de que las barracas y casas de bloques están deshabitadas. Sin embargo, hay ojos tras las ventanas. Al notar la presencia del equipo periodístico, la natural reacción de los habitantes es el repliegue. El encargado de una de las cochineras corrió a resguardarse y cerró la puerta de su casa con prisa para esquivar cualquier interrogatorio. Unos metros más allá, un adulto mayor, ajeno a la visita, descargaba su frustración despotricando contra la divinidad mientras tumbaba aguacates en su patio.
El temor y la desconfianza parecen haberse adueñado del sector. Al tocar reiteradamente en el portón de la pastora de la iglesia evangélica local, cuya vivienda está en la primera línea de peligro, una niña prometió que alguien saldría a atender. Nadie apareció. El tiempo corrió en vano, dejando en claro que en Pueblo de Dios nadie quiere denunciar la miseria en la que habitan.
La boca del gran cañón
El verdadero enemigo silencioso de la comunidad avanza bajo sus pies. Lo que inició años atrás como una pequeña zanja, embaulada tímidamente por las autoridades a lo largo de unos pocos metros, se ha transformado hoy en un inmenso desfiladero de grandes dimensiones. Las intensas lluvias de la región han ido socavando las paredes de la fosa, ensanchándola de forma crítica. Para mitigar el aislamiento, los propios vecinos se vieron obligados a improvisar un precario puente de madera y láminas de zinc que les permite cruzar de un extremo a otro.
El monstruo de tierra, sin embargo, no detiene su marcha. Con cada aguacero ocurren nuevos deslizamientos. Actualmente, la boca de la cárcava se encuentra a escasos centímetros de derribar dos postes del alumbrado público. Si la estructura cede, arrastrará consigo el frágil tendido eléctrico del sector, amenazando con desatar una tragedia inmediata sobre un lote de viviendas cercanas que corren el riesgo latente de desaparecer en el fondo del cañón.
Irónicamente, el peligro se alimenta también desde dentro. Ante la falta de servicios de aseo urbano, algunos residentes arrojan basura y escombros al fondo de la zanja. Lejos de rellenar el vacío, los desechos desvían y obstruyen el cauce de las aguas pluviales, haciendo que la corriente golpee con mayor fuerza los laterales arcillosos, acelerando el proceso erosivo.
La condena de la distancia
Sobrevivir en este sector implica también un esfuerzo físico diario. Para abordar una unidad de transporte público, los habitantes deben caminar kilómetros enteros bajo el sol o la lluvia. Los niños y adolescentes del barrio no la tienen más fácil, para asistir a la escuela más cercana, se ven obligados a transitar por accidentados «caminos verdes», expuestos a los peligros de la maleza y el aislamiento.
Mientras tanto, los pozos sépticos de las viviendas se encuentran colapsados debido a la falta de una red de aguas negras, incrementando el riesgo de brotes epidémicos. Aislados y desamparados, los vecinos de Pueblo de Dios y sus comunidades adyacentes comparten el mismo diagnóstico, un olvido absoluto por parte de las autoridades municipales, regionales y nacionales, quienes parecen haber dejado esta franja de Puerto Ordaz a merced de que la tierra termine de tragársela.
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