
El olor es lo primero que te recibe al entrar a los sectores A y B de Las Amazonas, en la parroquia Unare. No es el aroma a tierra mojada que suele traer la lluvia en Puerto Ordaz, sino el hedor penetrante y amargo de las aguas fecales que se han adueñado del paisaje. Aquí, el tiempo parece haberse detenido hace veinte años, justo cuando las tuberías decidieron que no podían más.
Caminar por las manzanas 42 y 46 es un ejercicio de equilibrio y resistencia. Lo que alguna vez fue asfalto hoy es un lodazal putrefacto donde la maleza crece con una fuerza alimentada por la inmundicia. Para los vecinos, salir de casa es una apuesta: hay que esquivar las «bocas de visita» que, lejos de cumplir su función, actúan como géiseres de aguas negras que inundan aceras y corazones por igual.
El centro del colapso
Frente a un local comercial en la manzana 42, el dueño observa con resignación el mismo charco que lo ha acompañado por dos décadas.
La crisis no se queda en la calle. Cuando el cielo se cierra y descarga sus aguaceros, el drama se traslada al interior de las salas y dormitorios. El agua de lluvia se mezcla con los desechos y, al no tener drenajes operativos, busca salida hacia las viviendas.
“Los niños viven con gripe, fiebre y diarrea”, confiesa una madre mientras abraza a uno de sus cuatro hijos. En el aire flota algo más que el mal olor; flota el miedo a las plagas y a que el pavimento, socavado por la humedad constante, termine de ceder bajo los pies de algún anciano.
Resistencia entre el barro
La comunidad no solo lucha contra el sistema de drenaje; también lo hace contra el silencio. Durante el recorrido, la tensión aflora cuando un miembro del consejo comunal intenta, con amenazas, silenciar el lente periodístico. Pero el hambre de justicia es mayor. Una vecina indica que los 149 adultos mayores del sector que respiran este aire contaminado cada segundo del día, no ven llegar la solución. Andrés López resume el sentir general con una frase que pesa: «Son puras promesas y nada de acción».
Ante el abandono, ha surgido la autogestión desesperada. Algunos vecinos alquilan máquinas desmalezadoras y compran gasolina a precio de oro para intentar abrirle paso a las calles que la selva y el pantano quieren devorar. Pero son paños calientes.
Una herida profunda
Según los afectados el camión de vacío que envía la alcaldía de vez en cuando es solo un analgésico para un cáncer terminal. «Las tuberías están fracturadas. Hay que abrir la calle, sacar lo viejo y poner lo nuevo», afirma un residente. Es una obra mayor, una inversión fuerte que nadie parece querer asumir.
Mientras tanto, los habitantes de Las Amazonas siguen esperando que la gobernación de Bolívar o la alcaldía de Caroní dejen de mirar hacia otro lado. Mientras las autoridades deciden, ellos seguirán allí, conviviendo con lo que el resto de la ciudad desecha, esperando el día en que su única preocupación sea la lluvia, y no lo que sale de las alcantarillas.
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