Sao Paulo.- El coronavirus también ha truncado los planes de los narcotraficantes de Brasil. Gracias a un mayor refuerzo policial en las fronteras y a la menor circulación de personas, las autoridades brasileñas han conseguido doblar las incautaciones de marihuana entre marzo y junio de 2020, en plena pandemia.

La COVID-19, que deja ya en el país casi 62.000 muertes y 1,5 millones de casos confirmados, ha contribuido a un aumento sustancial de las aprehensiones de drogas, especialmente en las zonas limítrofes con otros países, sobre todo Paraguay.

Las fuerzas de seguridad brasileñas han aumentado su presencia en sus extensas fronteras durante la pandemia y han hecho menos invisibles las inhóspitas rutas de los traficantes en Brasil, actualmente uno de los mayores puertos de salida de droga con destino a Europa.

Esas rutas de la droga están controladas por las dos temibles facciones mafiosas de Brasil: el Primer Comando de la Capital (PCC), nacida en las década de los 90 en las cárceles de Sao Paulo y presente prácticamente en todo el territorio, y Comando Vermelho (CV), con origen en Río de Janeiro y en guerra con la primera.

AUMENTAN APREHENSIONES DE MARIHUANA

Entre marzo, cuando se empezaron a adoptar medidas de distanciamiento social, y junio, cuando comenzó la flexibilización de las mismas, solo la Policía Federal decomisó casi 200 toneladas de marihuana, el doble que en el mismo periodo de 2019.

En mayo, por ejemplo, confiscaron un cargamento de 28 toneladas escondidas en un camión, en el estado de Mato Grosso do Sul, en la frontera con Paraguay, país considerado como el mayor productor de cannabis ilícito de Suramérica.

Este mismo viernes, las autoridades anunciaron la incautación de cinco toneladas de marihuana transportados en una furgoneta en las afueras de Rio de Janeiro. Esas cinco toneladas de estupefaciente tienen un valor de mercado de 5 millones de reales (1 millón de dólares).

CERCO AL NARCO EN LA FRONTERA

A finales de marzo, Brasil cerró los 16.885 kilómetros que tiene de línea fronteriza terrestre, la tercera mayor del mundo después de China y Rusia.

Un entorno «volátil, incierto, complejo, ambiguo», opinó en declaraciones a EFE Eduardo Bettini, coordinador general de fronteras de la Secretaria de Operaciones Integradas del Ministerio de Justicia y Seguridad Pública.

Sin embargo, la medida se tradujo, por un lado, en un aumento del 40 % del efectivo del programa «Vigia», que desde abril de 2019 intensifica la fiscalización contra el crimen organizado en la frontera, y por otro, en una disminución del tránsito de personas. ¿Resultado? Más decomisos de drogas.

«En marzo las aprehensiones estaban por vuelta de las 13 toneladas y en abril se fueron hasta las 56. El aumento del efectivo se sintió de inmediato», expresa Bettini.

En la ciudad de Foz do Iguaçu, en el estado de Paraná y fronteriza con Paraguay y Argentina, el mayor André Cristiano Dorecki, del Batallón de Frontera de la Policía Militar, asegura que «las aprehensiones se han multiplicado de forma exponencial» en la zona desde el inicio de la pandemia.

El agente considera que el aumento obedece, en gran medida, a las barreras sanitarias y los refuerzos policiales instalados para evitar el flujo de personas.

En Foz, las bandas de narcotraficantes utilizan sobre todo el transporte fluvial en el río Paraná, que transcurre por Brasil, Paraguay y Argentina y es el motor de la hidroeléctrica de Itaipú.

Con una mayor fiscalización en los pasos fronterizos tradicionales, los delincuentes «siguen abriendo nuevos caminos» en un intento de introducir la droga en el país.

«Utilizan puertos clandestinos y embarcaciones improvisadas que dan acceso a las carreteras brasileñas. Actualmente monitorizamos cerca de 500 puertos clandestinos, que son abiertos constantemente» en el lago de Itaipú, señala Dorecki.

El mayor opina que ahora los traficantes «están más preocupados» por el hecho de que han tenido que «cambiar su forma de actuar» y están «enfrentando mucha dificultad en traspasar las barreras».

La situación es bastante similar en el estado de Mato Grosso, fronterizo con Bolivia, una de las principales puertas de entrada de cocaína en Brasil.

Según investigaciones oficiales, existen rutas clandestinas para el transporte de la droga a través de pequeñas vías rurales de tierra y de trayectos fluviales por los ríos Sao Lourenço, Paraguay, Jauru y Guaporé.

Aunque el teniente-coronel Fábio Ricas, del Grupo Especial de Frontera de Mato Grosso, resalta que los traficantes han apostado también por el transporte aéreo para burlar los puntos de control.

«Solo este año, ya hemos aprehendido cinco avionetas involucradas directamente en el transporte de cocaína», afirmó a Efe Ricas.

Bettini también apunta como una posibilidad de ese aumento de los decomisos la menor cantidad de operaciones de erradicación de cannabis en Paraguay como consecuencia del coronavirus, lo que hubiera podido desembocar en una mayor producción.

LOS PUERTOS, OTRO PUNTO CALIENTE

Las principales rutas de entrada de droga a Brasil son «controladas» por las temibles Primer Comando de la Capital (PCC) y Comando Vermelho (CV).

También se tiene constancia de otras bandas influyentes como Familia do Norte (FDN).

«El PCC la trae por Paraguay y un poco por Bolivia y no tengo dudas de que continúa igual. Y la gente más ligada a Familia do Norte y Comando Vermelho va más por la Amazonía, vía fluvial», explica a Efe el analista Guaracy Mingardi, miembro del Fórum Brasileño de Seguridad Pública.

La droga que escapa de los controles, una parte se queda para consumo local y otra sigue su camino hacia los puertos para su exportación hacia Europa, donde los beneficios por su venta son mucho mayores.

«En el de Santos -el mayor de Latinoamérica- estamos manteniendo la media, hasta ahora llevamos en torno a 10 toneladas de cocaína en estos seis meses, pero hubo un incremento de decomisos en los otros puertos del país», indica a Efe Richard Fernando Amoedo, jefe del Departamento de Vigilancia y Represión al Contrabando y Malversación de la Aduana de Santos.

La predilección de los traficantes por los puertos brasileños responde a que el flujo comercial entre Brasil y Europa es mayor que en los países productores de cocaína, como Colombia o Perú, y a que el catálogo de exportaciones es más diversificado, lo que les facilita a la hora de esconder la droga en los contenedores de carga.

«En Brasil tienen más posibilidades de escoger dónde va a esconder la droga», completa Amoedo.

Para ello, los narcos tienen diversos métodos, desde planificar ellos mismos la exportación de maquinaria y esconder la droga dentro de ella, hasta introducirla en un cargamento ajeno tras conseguir tener acceso en algún punto de la cadena logística.

La última gran aprehensión en el puerto de Santos data del pasado lunes: 557 toneladas de polvo blanco escondidas en sacos de café que tenían como destino final Bélgica.

 

Nayara Batschke y Carlos Meneses EFE

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