Por Luis Ramón Perdomo Torres ([email protected])

La mayoría de los expertos bíblicos catalogan al libro del Génesis, como el libro de los orígenes y otros lo catalogan como las repuestas a los “porqué”. Ya que en sus distintas secciones va respondiendo algunas de las preguntas existenciales que los seres humanos, nos hacemos desde niños: ¿Por qué existe el sol y la luna, los animales, el agua, las personas etc.? ¿Por qué existe el mal? ¿Por qué tenemos distintos colores de piel? Y ¿Por qué hablamos distintos idiomas?

 Obviamente que, para aceptar esas respuestas, que están presente en la Sagrada Escritura, como válidas para nuestras vidas se necesita tener fe. Ya que, la fe nos da la certeza de creer que Dios es el autor de la Sagrada Escritura; de creer que el Espíritu Santo asiste al Magisterio para su auténtica interpretación; de creer que la Tradición contribuye a la recta interpretación de la Escritura. Porque sin fe, no se entenderá ni se aceptará nunca la Biblia como Palabra de Dios. Y esa misma fe nos da el discernimiento necesario para comprender que: ““la Escritura se ha de leer e interpretar con el mismo Espíritu con que fue escrita” (DV 12).

 Y con esa premisa leemos el texto de Génesis 11,1-8, donde se relata el asentamiento de uno de los grandes imperios de la humanidad, el Babilónico, que en su afán de someter al mundo inventaron nuevas técnicas y levantaron un rascacielos, símbolo de su poder, creando un imperio económico, para los cuales se sacrificaron alegremente los derechos legítimos de millones de seres humanos, sometidos a la esclavitud. Dios se indigna, ante esta manera de edificar la humanidad no es lo que ÉL ha previsto para que todos fuéramos felices y en igualdad de condiciones pudiéramos disfrutar de las bondades de Su Creación. Y “los dispersó sobre la superficie de la tierra, y dejaron de construir la ciudad. Por eso se la llamó Babel, porque allí YAHVÉ confundió el lenguaje de todos los habitantes de la tierra”.

 De esta manera se da respuesta al porqué hay tantos idiomas y de alguna manera hacerles entender a los poderosos que ni ellos, ni sus imperios son eternos, y que en la medida en que más se empeñen en el sometimiento de sus semejantes, mayor será la confusión de sus sociedades. Por eso es que, el relato bíblico asocia a la palabra: “Babel” con el verbo hebreo: “balal”, que significa: confundir. Y quizás sea esa la razón por la que nuestra sociedad está confundida, sometida a los caprichos de los gobernantes, donde cada nueva ordenanza genera mayor problema e incertidumbre que la anterior.

 Pero DIOS, no deja solo a su pueblo, y así como ordenó la dispersión, por las malas acciones del hombre, el tiende un puente de AMOR a través de JESÚS, que nos enseña con Su Palabra y con Su Testimonio, a construir comunidades humanas no de eunucos mentales, sino de grupos humanos conscientes y fervientes defensores de la justicia. Para eso nos envía al Espíritu Santo, en Pentecostés, donde comenzará la reunificación de la humanidad, que había sido dispersada en Babel.