Las casas uruguayas que requieren mantenimiento, pero sus dueños consiguen poco, solo para comer. Foto: Níger Martínez

Para sus fundadores, pisar este terreno en la parroquia Chirica de San Félix fue, hace 17 años, un «regalo divino». Por eso lo bautizaron Ciudad Bendita. El nombre no fue azaroso, buscaba proyectar la imagen de una comunidad de personas temerosas de Dios que solo anhelaban un pedazo de tierra para levantar un techo propio. Sin embargo, casi dos décadas después, las bendiciones parecen llegar a cuentagotas, mientras las penurias se desbordan como la quebrada del río Yocoima que atraviesa el sector.

El paisaje actual es el de una herencia de resistencia. Muchos de los fundadores ya murieron o emigraron; hoy quedan sus hijos, quienes custodian lo poco que se ha logrado mientras ven cómo las soluciones se desvanecen antes de llegar al semáforo de El Rosario.

El rastro de un convenio oxidado

Caminar por Ciudad Bendita es encontrarse con los restos de una promesa geopolítica. La comunidad fue beneficiaria del convenio Uruguay-Venezuela, aquel intercambio de petróleo por viviendas prefabricadas firmado entre Hugo Chávez y Tabaré Vázquez. Pero el tiempo ha sido cruel con los materiales.

Josefina Moreno vive en una de estas «casas uruguayas». En menos de 15 años, el sueño prefabricado se ha convertido en una estructura de techos corroídos y paredes fracturadas. Josefina dice que no tiene «para dónde coger» y asegura, con una resignación que duele, que resistirá allí hasta que la vivienda se venga al suelo.

A su lado vive su hija, Maritza Franco, quien cría a nueve hijos y un nieto. En su hogar, la economía se estira hasta lo imposible para comer «una vez más que otra». Pero el hambre no es su único temor.

«La luz es pésima. Tenemos un transformador que tiene más dueños que una herencia de viejo. El otro explotó y sobrevivimos a duras penas con uno solo para más de 40 casas», relata Maritza.

El miedo es colectivo: si ese único equipo colapsa por la sobrecarga, Ciudad Bendita quedará en la penumbra total, y saben, por experiencia, que Corpoelec rara vez atiende sus llamados.

 

Soluciones a pulso y aguas negras

En este rincón de San Félix, el Estado parece haber delegado sus funciones en la autogestión. El agua no llega por tuberías; la comunidad se abastece mediante pozos profundos e instaló ocho tanques de mil litros y uno de cinco mil, financiados por el Consejo Federal de Gobierno tras largas discusiones vecinales. Es su mayor victoria, pero no basta.

La red de aguas negras es inexistente. Los pozos sépticos, que alguna vez fueron la solución, hoy están colapsados. A esto se suma que el aseo urbano es un visitante desconocido, lo que obliga a los vecinos a arrojar los desechos a escasos metros de la quebrada del río Yocoima, contaminando el mismo entorno que llaman hogar.

 

Un llamado al asfalto y al juego

A pesar de estar dividida en cuatro sectores y contar con ocho consejos comunales, la comunidad se siente aislada. Pedro Azocar, vecino de larga data, señala que la vía principal es un cementerio de camionetas por los huecos y, cuando llueve, se vuelve intransitable. El asfalto es una urgencia para conectar a Ciudad Bendita con El Rosario y Platanal.

Mientras los adultos luchan con los transformadores y las cloacas, los niños de Ciudad Bendita juegan entre la tierra. Los padres claman al alcalde de Caroní por una cancha múltiple y un parque recreativo. «Los menores no tienen dónde hacer deporte», lamentan.

En Ciudad Bendita la fe sigue intacta, pero las casas uruguayas se agrietan y el transformador agoniza. Para sus habitantes, la bendición ya no es solo tener la tierra, sino que las autoridades finalmente volteen la mirada hacia este «regalo divino» antes de que la desidia termine por derrumbar lo poco que queda en pie.

¡Síguenos en nuestras redes sociales y descargar la app!

Facebook X Instagram WhatsApp Telegram Google Play Store