En la confluencia donde el Caroní rinde sus aguas oscuras al soberbio Orinoco, no solo nació una ciudad; nació la promesa industrial de toda una nación. Puerto Ordaz no fue producto del azar ni de un asentamiento colonial pausado; fue una joya del urbanismo planificado, forjada con el fuego de la minería y el ímpetu de la modernidad de mediados del siglo XX.
El Hito Fundacional
El reloj marcaba un momento histórico el 9 de febrero de 1952. Aquel día, lo que antes eran tierras de pastoreo y selva virgen, recibió su nombre oficial en honor al explorador Diego de Ordaz. El motivo de su existencia era claro y contundente: la necesidad de la Orinoco Mining Company de establecer un puerto estratégico para la exportación del mineral de hierro extraído del imponente Cerro Bolívar.
Un Diseño Vanguardista
A diferencia de otras urbes venezolanas, Puerto Ordaz creció bajo la mirada de expertos. Su trazado original fue diseñado por la firma de planificación de la Universidad de Harvard, buscando una armonía entre las zonas residenciales, la pujante industria y el entorno natural.
El resultado fue una ciudad de amplias avenidas, zonas verdes envidiables y una arquitectura que gritaba progreso. No pasó mucho tiempo para que la pequeña zona portuaria se integrara con San Félix para formar lo que hoy conocemos como Ciudad Guayana, el epicentro del desarrollo hidroeléctrico y siderúrgico del país.
El Corazón del Progreso
Hoy, al recorrer sus calles, el eco de las turbinas de las represas y el calor de las celdas de aluminio cuentan la historia de una ciudad que se niega a detenerse.
Puerto Ordaz sigue siendo el hogar de quienes creen en la Venezuela productiva, custodiada siempre por la majestuosidad de los parques Cachamay y La Llovizna.
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