
En el sector Manuel Piar de San Félix, a un lado de Ciudad Bendita, la educación no es un derecho que se recibe sentado; es una conquista que se persigue caminando. La Unidad Educativa Nacional «Batalla de Chirica» lleva cuatro décadas plantada en el mapa, pero hoy, más que una escuela, parece una trinchera donde 300 niños de preescolar y primaria resisten el embate del tiempo y la desidia.
La jornada comienza antes que el sol. El camino hacia la escuela es una prueba de resistencia para los más pequeños. Aquellos que no viven en el corazón de Manuel Piar deben madrugar para emprender caminatas que duran hasta una hora por senderos polvorientos. El transporte público, una red deficiente que recién despierta a las seis de la mañana, les da la espalda: «Más son las veces que los transportistas les niegan el servicio a los niños que las veces que los suben», lamentan los padres con impotencia.
El aislamiento es real. El plantel más cercano está a cinco kilómetros, en Los Naranjos, y el liceo es una meta casi inalcanzable en sectores remotos como El Rosario o Chirica Vieja. Para estos niños, graduarse de sexto grado no es solo una alegría, es el inicio de una nueva incertidumbre; la caza desesperada por un cupo en una secundaria que les queda a un mundo de distancia.
Donde la lluvia cae dos veces
Dentro del recinto, la estructura es un espejo del abandono. Los techos, fatigados por los años, han perdido la batalla contra el clima. En temporada de invierno, los salones se convierten en extensiones de la calle: «llueve más adentro que afuera», aseguran los lugareños.
El sistema eléctrico es una trampa de cables de hace 40 años. Los cortocircuitos son ruidos familiares que infunden miedo, y la precariedad es tal que encender un bombillo significa apagar otro.
En el calor sofocante de Ciudad Guayana, los ventiladores son fósiles metálicos pegados al techo; no giran, no refrescan, solo observan. La falta de pupitres ha normalizado una escena desgarradora; niños de primaria sentados en el frío cemento del suelo, encorvados sobre sus cuadernos, tratando de atrapar el conocimiento entre la incomodidad y el polvo.
La arquitectura del sacrificio
Ante el silencio de la Zona Educativa y la Gobernación, que parecen tener el expediente de la escuela guardado en el fondo de un cajón, los representantes han tomado la cuchara de albañil. No esperan milagros; los fabrican.
A través de la autogestión, con rifas, vendimias y recolectas, la comunidad ha logrado levantar tres aulas nuevas. Actualmente, un lote de láminas de zinc y tubos descansa en el plantel, esperando ser instalados para ampliar el área de formación y recreación. Sin embargo, la obra está paralizada por un detalle tan pequeño como simbólico; faltan los ganchos para fijar el techo. Mientras tanto, los actos escolares se realizan bajo un sol que no perdona, especialmente después de que el único árbol que brindaba sombra fuera talado para evitar aglomeraciones frente a una vivienda vecina.
El grito de una comunidad
El agua es otro lujo ausente; las tuberías están secas y solo dos baños intentan dar abasto a una población escolar sedienta y numerosa. A pesar de los intentos de la prensa por obtener una versión oficial, el acceso a la dirección fue negado, dejando que sean los padres quienes narren la verdadera historia del plantel.
La exigencia es clara: la comunidad no solo pide reparaciones, pide crecimiento. Sueñan con que su escuela rural sea finalmente reconocida como una escuela básica con secundaria incluida, para que el camino de sus hijos no se corte abruptamente al cumplir los 12 años. Mientras la solución oficial sigue sin llegar, los padres de Manuel Piar se preparan para su próxima rifa. Saben que en esa escuela, si el futuro no se construye con sus propias manos, simplemente no llegará.
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