
Imagina la carretera que serpentea desde el Club Da Peppino hacia el municipio Casacoima, en el estado Delta Amacuro, un camino que antaño vibraba con el bullicio de motores y risas. Allí, en los setenta y ochenta, y hasta bien entrada la pospandemia, los dueños de vehículos se detenían en puestos improvisados para devorar cachapas con queso derretido, cochino frito crujiente, chicharrón salado o una sopa humeante, todo regado con una «bien fría» compartida entre amigos, familia o esa amiga especial. Era el corazón turístico de San Félix, un rincón económico donde los trabajadores de las empresas básicas recalaban para desconectar del yugo industrial.
Pero el tiempo, cruel como la maleza que ahora lo estrangula todo, ha invertido el paisaje. La pandemia aceleró el declive de esta zona, dejando locales abandonados como esqueletos oxidados, restaurantes centenarios ahogados en vegetación salvaje y un silencio roto solo por el vuelo de moscas sobre montones de basura.
En el epicentro de esta decadencia urbana yace el Club Campestre Cavanayén, un negocio familiar que brilló por más de 60 años y que hoy no es más que ruinas saqueadas. Personas sin escrúpulos, fantasmas oportunistas de la crisis, se llevaron puertas, ventanas, techos enteros y hasta derribaron paredes, dejando el sitio como un cascarón hueco perfecto para verter desperdicios. Los letreros gritones de «prohibido botar basura» que lo sitian son ignorados con desdén por los vecinos, quienes convierten este sitio en su vertedero particular.
Dicen testigos
«Todo ocurrió de forma progresiva», me confidencia un lugareño que prefiere el anonimato, mientras señala las paredes semiderruidas que aún se yerguen como testigos mudos. «Se robaron todo lo que pudieron: puertas, ventanas, techo…, lo dejaron en ruinas para que nadie lo reclamara».
Al lado del club, una alcabala de la Guardia Nacional montaba guardia hasta después de la pandemia; hoy, su casilla es otro montón de escombros, vecina de estructuras colapsadas que narran historias de vigilancia olvidada.
Cerros de basura se apilan en todas direcciones, desde la orilla de la carretera hasta los confines del terreno, arrojados por los mismos residentes de Altamira I, a escasos metros de distancia. Llegan en motos, carros o a pie, descargando bolsas de desechos sólidos generados en sus hogares, alegando que el aseo urbano nunca pisa esta periferia.
Frustración
«Es imposible frenarlos», se queja otro vecino, con la frustración tallada en el rostro. «Me he encarado con varios, pero siguen. Dicen que no hay recolección aquí, que no pueden acumular la mugre en casa».
La comunidad Altamira I, ceñida a estas ruinas, lidia con un pronóstico reservado en servicios básicos; la luz titila como un corazón errático, tanto que los propios residentes juntaron plata para comprar un transformador que ilumina más de 300 viviendas.
El tendido eléctrico es un peligro de guayas improvisadas, pedazos de cable estirados porque los viejos se partieron de puro uso, el agua es un espejismo en las tuberías secas y la inseguridad acecha como sombra nocturna, con ratas emergiendo de los basureros y moscas zumbando hacia las casas.
Los afectados claman por patrullajes que devuelvan algo de orden, pero sobre todo por conciencia colectiva; que los vecinos dejen de alimentar este ciclo vicioso de basura que amenaza con invadir sus propios umbrales.
El Club Cavanayén, con sus ecos de parrillas y brindis, pide a gritos un rescate que el bolsillo venezolano ya no alcanza, mientras San Félix entierra su pasado en un vertedero que crece con cada amanecer.

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