El colector de aguas blancas y de lluvias, pasa por el medio de la calle principal del sector Villa Bahía. Foto: Níger Martínez

En la zona suroeste de Puerto Ordaz, donde el Cerro Quemao o Cerro El Chupi, como lo bautizaron los locales con cariño y resignación, se alza impasible como un centinela silente, un torrente implacable de miles de litros de agua potable se desborda las 24 horas del día, ladera abajo.

No es capricho de la naturaleza, sino un descuido humano garrafal, dos tanques de distribución, reliquias de un sistema hidráulico olvidado por el tiempo y la burocracia, vierten sin cesar su preciado líquido hacia comunidades de la parroquia Unare.

Este flujo serpenteante atraviesa el sector La Chicharronera en Villa Bahía, clava sus garras en el corazón de Villa Pavo Real y Villa Adonay, barrios que brotan como raíces en tierra árida, multiplicándose en la precariedad con más de 300 familias apiñadas y desemboca finalmente en el embalse de la represa Macagua, como un río clandestino forjado por negligencia pura.

Imagina el rumor constante, un murmullo diurno que estalla en rugido con las primeras gotas de lluvia. El agua discurre por una alcantarilla central, embaulada a medias en la calle principal, pero ese «parche» es mera ilusión. La zanja se ha rebelado; ahora es una cárcava voraz, de metros de ancho y profundidad, que socava cimientos y devora terrenos.

«Es como si la tierra misma estuviera tragándose nuestras casas, pedazo a pedazo», confiesa Luis Reyes, residente de larga data, con la voz quebrada por años de frustración. A su lado, Luis Hernández asiente con gravedad, evocando los albores del barrio: «Aquí soñábamos con progreso, no con este abismo».

Entrada de Villa Bahía, mejor conocida como La Chicharronera

Promesas incumplidas

Todo se remonta a una promesa rutilante de hace más de 15 años, en plena gestión del exgobernador Francisco Rangel Gómez. Se inauguró la Primera Etapa del aliviadero permanente, un colector cubierto que juraba domar el caudal y abrir paso a una Segunda Etapa de ensueño que era cubrir el canal entero, pavimentar calles angostas, instalar aceras, brocales y, como broche de oro, un parque recreativo donde los niños jugaran libres del acecho del agua.

«Nos vendieron el sueño de un barrio modelo, con fotos y discursos», relata Reyes, apuntando al barranco que ahora amenaza su puerta. «Pero quedó en humo. La comunidad creció, los servicios se desmoronaron; pozos sépticos colapsados por el tiempo y la saturación, mientras el agua potable se pierde en vano».

El caudal no discrimina, desciende furioso desde el cerro, pasa por la entrada de La Chicharronera, parte en dos Villa Pavo Real y Villa Adonay, dejando charcos estancados que crían legiones de zancudos, baches que engullen motos en la vía pública y un hedor perpetuo que impregna el aire.

La falta de alcantarillado empuja a soluciones desesperadas: «Algunos vierten aguas negras directo a la cárcava; otros, con pozos sépticos, ven cómo se inundan y revientan», explica Hernández, gesticulando hacia casas humildes al borde del precipicio. Un deslizamiento menor bastaría para que el suelo se abra y arrastre sudorosas construcciones al vacío.

La tragedia se agrava en invierno

El drama escala con las lluvias. Sin aseo urbano que pise estas calles estrechas, los vecinos, desesperados, arrojan escombros al barranco como: botellas, plásticos, restos de construcción, ramas de árboles, entre otros.

«El caudal se atora, desborda y provoca deslizamientos que nos roban metros de terreno», denuncian los agotados moradores, hastiados de reclamos ignorados. No es solo el agua: guayas eléctricas antiguas chocan con el viento, generando cortocircuitos que iluminan noches de pánico; aceras inexistentes invitan a caídas, brocales ausentes permiten derrapes, asfalto soñado brilla por su ausencia y el alumbrado público parpadea como burla cruel.

Reyes y Hernández no exigen milagros, solo lo elemental. «Gobernación de Bolívar, alcaldía de Caroní: vengan a ver esto con sus propios ojos. Terminen el aliviadero antes de que colapse y anegue La Chicharronera entera», claman. Piden red de aguas negras, pavimentación decente, postes con luz estable. Sus voces se suman a un coro de denuncias que se diluyen en la burocracia, ecos de reuniones fallidas y oficios extraviados.

Mientras el sol se hunde tras el Cerro Quemao, el torrente persiste en su marcha inexorable, un recordatorio líquido de promesas rotas. Villa Pavo Real resiste al límite, aferrada a la esperanza de que, algún día, el agua deje de ser enemiga y vuelva a ser el sueño de progreso que un día les prometieron.

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