Horas de vueltas, un teléfono que apenas contesta y tres kilómetros de maleza espesa separan la avenida Manuel Piar de «La Montaña», un rincón campesino que Caroní parece haber tachado de sus mapas. A metros de La Porfía y Palo Grande, más de 50 familias resisten el abandono; sin agua por tuberías, con luz eléctrica a ratos y un puente de hierro corroído que deben «surfear» a diario para sobrevivir.
Llegar aquí es una odisea. Desde la vía principal, antes del peaje, el camino se convierte en sendero traicionero, saturado de vegetación donde las serpientes acechan. «Caminamos con los niños y los ancianos, siempre con miedo a una picadura», cuenta un lugareño mientras señala las huellas en el barro. Se mantienen de lo que siembran: ají picante, yuca, aguacate, auyama, ocumo chino, frijol, lechosa, plátanos y topochos. Pero el agua potable es un lujo esquivo. En lluvias, recolectan del cielo; en sequía, del río Yocoima, «que no es apta para humanos», lamentan.
El verdadero desafío es el puente. Una estructura de hierro de más de 60 años, con láminas agujereadas y óxido comiéndosela viva, cruza el río sobre bases de cemento rudimentarias. «Hay que surfear los huecos para no caer», describe un vecino. La historia del viaducto es casi legendaria; lo pagó un peruano radicado en la zona, a razón de 7 mil bolívares de la época. Su madre, harta de cruzar en curiara, le advirtió que no volvería. Él mandó a construirlo para que lo visitara con dignidad, cuenta un anciano.
Hoy, esa generosidad de antaño contrasta con el olvido institucional. La luz llega intermitente, los niños crecen entre riesgos y las familias claman por una vía transitable y tuberías que acaben con la dependencia del clima. «Estamos al lado de la avenida, pero invisibles», sentencia un padre de familia mientras apunta sus cultivos. En «La Montaña», la supervivencia no es noticia; es rutina diaria en un municipio que pasa de largo.

El olvido es un “castigo”
En «La Montaña», el tiempo parece detenido en un ciclo cruel de llegada y partida. Una población que envejece observa cómo sus hijos y nietos crecen entre yucas y plátanos, solo para emigrar en busca de un futuro menos hostil. No es la primera vez, este rincón de San Félix se pobló con ilusión hace décadas, pero el abandono institucional y el acoso de la delincuencia vaciaron casas y fincas, dejando solo a los más resistentes.
Los ancianos, niños y personas con discapacidades recorren kilómetros de senderos traicioneros para llegar a hogares humildes, muchos de bajareque, pocos de bloques. «Caminamos porque no hay otra», resume un vecino, eco de testimonios que se repiten como un lamento colectivo. Todos claman por lo mismo: la reconstrucción del puente «La Esperanza de La Montaña», nombre con que bautizaron la oxidada estructura de hierro que une sus vidas al mundo exterior.
Para los productores, ese viaducto es oxígeno. «Sin él, no sacamos las cosechas de ají, ocumo chino o aguacate», aseguran. También es la ruta de escape para los niños, que deben llegar caminando hasta La Porfía para clases; «La Montaña» carece de escuela. No hay dispensario, ni ambulatorio. Salir con un enfermo es una odisea peor que el puente mismo.
En la ausencia del Estado, surge la fe. El pastor de la iglesia evangélica Jehová Justicia Nuestra, versado en primeros auxilios, se ha convertido en el médico improvisado del sector. «Viene a curar lo que puede, mientras Dios provee lo demás», dice una fiel creyente. Sus manos son el único puente seguro en un lugar donde la esperanza se oxida como el hierro de antaño.
Esperanzas que no terminan de llegar
Las casas de «La Montaña» salpican el terreno como puntos aislados, equidistantes unas de otras, algunas resurgiendo del barro y el bambú con manos callosas de sus habitantes. Según los lugareños, las autoridades gubernamentales no han entregado ni un tanque de agua de mil litros para captar la lluvia, ese recurso esquivo que marca la diferencia entre la vida y la sed en esta comunidad olvidada.
A más de 10 kilómetros, nace una esperanza frágil, un manantial de agua dulce donde abastecerse sin riesgo de enfermar. Pero solo los jóvenes lo alcanzan, trepando por caminos escabrosos que derrotan a los ancianos.
Recorriendo el sector de extremo a extremo, los campesinos relatan el golpe final, el robo del tendido eléctrico. «Se llevaron todas las guayas, los postes no pudieron arrancarlos», apunta un vecino con gesto de resignación. Hoy improvisan: alambres de púas y pedazos de cable empatados a mano estiran la corriente desde la avenida Manuel Piar hasta sus humildes moradas.
Vivir en «La Montaña» no es fácil. Los habitantes no encuentran nada que agradecerle al gobierno municipal o regional. Alcaldes y gobernadores desfilaron sin dejar huella, mientras el sector va de mal en peor. Puente corroído, agua lejana, luz robada. A metros de la modernidad, estas familias resucitan del barro, esperando que autoridades del gobierno las vea antes de que el abandono las sepulte.
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