
En las profundidades del caserío Unata, a varios kilómetros de la vía Río Claro en el sector Altamira I, parroquia 11 de Abril de San Félix, más de 40 pescadores y agricultores ribereños resisten un abandono total. Algunos viven en ranchos improvisados de plásticos que apenas resguardan del sol abrasador y las lluvias torrenciales en tiempo de invierno.
Su lucha diaria es por el sustento familiar; regresan con 200 o 300 kilos de pescado que venden en el antiguo muelle de ferrys y chalanas. Sin embargo, las autoridades de la Alcaldía de Caroní, la Gobernación de Bolívar y el Gobierno nacional los han dejado a su suerte.
Solo a pie se accede a esta comunidad anclada en las riberas de los ríos Caroní y Orinoco. La luz eléctrica parpadea con dificultad, el agua brota de las tuberías apenas dos o tres horas al día para luego evaporarse por días enteros. La bolsa CLAP es un recuerdo lejano, nadie cobra el bono de guerra ni recibe pensión, denuncia un pescador con voz ronca por el esfuerzo.
Faena hasta de cinco días: «Trabajamos con las uñas»
Daniel Ruiz acababa de fondear su curiara cuando lo interceptó soynuevaprensadigital.com. Venía de cinco días en el río, cargando apenas 80 kilos de pescado. «Salí el lunes a primera hora con otros dos pescadores y regresamos hoy sábado», relató, exhausto, mientras descargaba la captura. Las ganancias se reparten entre los tres, pero reunir 80, 100 o 200 kilos es una odisea con los recursos mínimos que poseen.
«Pido maya, anzuelos, nailón, un motor… algo que nos deje pescar más y ganar mejor», implora Ruiz. Esas faenas extenuantes, a remo y canalete, marcan el pulso de sus vidas, donde cada salida es un desafío contra la corriente impredecible.
Abandonados a la buena de Dios
Nancy Acevedo, con más de 50 años en Unata, heredo de sus padres el sitio en donde habita, conoce cada recoveco del río. Su esposo desaparece hasta cuatro días en el Caroní y Orinoco, volviendo con una nevera de pescado que remata cerca del mercado municipal.
«Estamos cansados de promesas. El año pasado llegó una comisión de Asopesca, ofrecieron todo y no cumplieron nada. Nos dejaron esperando», se queja con amargura. A veces acompaña a su pareja en la faena, remando bajo un sol inclemente. «Navegar a canalete es cansón y riesgoso. Cuando el río se agita, las olas amenazan con voltear la curiara».
La muerte acecha, la semana pasada, tres pescadores trambucaron; dos sobrevivieron, pero el tercero pereció ahogado. Su cadáver apareció al día siguiente, un recordatorio brutal de los peligros.
Las promesas se las lleva el viento
Oswaldo García navega con temor en los ríos más caudalosos de Venezuela. Aunque alquila un motor fuera de borda de 250 HP -no es suyo-, admite que produce más, hasta 250 o 300 kilos en días buenos, 80 o 100 en los malos. «Las ganancias se dividen entre cuatro y hay que pagar el alquiler del motor. Es mucho cuento, pero sin él no se puede», explica.
Sueña con ayuda oficial como: redes, lanchas, trenes, nailón y más. «Ojalá la Gobernación o el Gobierno nos escuchen de una vez». Los pescadores de Unata no toleran más discursos vacíos. Exigen respuestas reales a sus necesidades diarias: herramientas para faenar sin jugarse la vida, para volver enteros a casa y sostener a sus familias. El río sigue fluyendo, indiferente, pero su clamor crece con la corriente.
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